La salud mental en tiempos de coronavirus

“Mucha gente pequeña en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, pueden cambiar el mundo” Eduardo Galeano

Es sumamente extraño ver las calles de la ciudad de La Plata, habitualmente abarrotadas de autos y de gente, casi vacías. Muy extraño el silencio absoluto por las mañanas que permite escuchar el sonido de los pájaros en el centro mismo de la ciudad. Muy extraño que me pare la policía todas las mañanas cuando me dirijo a trabajar y tener que explicar a dónde voy y a qué. Y, sobre todo, sumamente extraño ver el hospital casi vacío y preparándose, con modificaciones varias, para recibir una catarata de casos de un virus inexistente hace unos meses atrás.

El COVID-19 modificó abrupta e increíblemente nuestras vidas. Si en noviembre del año pasado alguien nos decía que íbamos a tener que estar encerrados por varias semanas en nuestras casas, sin poder salir más que a lo estrictamente necesario, sin compartir mate, sin saludarnos con un beso, que nos íbamos a tener que lavar las manos a cada rato, que se iba a suspender todo el fútbol a nivel mundial y todo otro espectáculo deportivo, artístico o de entretenimiento público, que no íbamos a poder tener contacto personal con nuestros familiares por bastante tiempo, entre otras muchas cosas, lo hubiésemos tomado a broma. Nadie podía imaginarse esto, excepto los escritores de novelas distópicas o de guiones de cine. El coronavirus apareció de golpe y se estableció como el tema casi único de conversación en todo el mundo. surgió inesperadamente, sin anunciarse, como lo hace el amor, pero en este caso generando los efectos exactamente inversos.

Este virus, además de las consecuencias que puede tener para la salud orgánica, generó una coyuntura que produce, también, efectos a nivel de la salud mental. La situación afecta a nuestros pensamientos y a nuestros sentimientos, a veces de maneras difíciles de sobrellevar. En primer lugar, nos pone delante de nuestros ojos algo que habitualmente intentamos olvidar: la fragilidad del ser humano. Normalmente, y en el mejor de los casos, andamos por la vida haciendo nuestras actividades y sin pensar en que nos podemos morir en cualquier momento. Se podría decir, incluso, que hacemos todo lo que hacemos para olvidarnos de que nos vamos a morir. Esto es saludable, por supuesto. Las personas que no pueden olvidarse un poco de la fragilidad de sus propios cuerpos y del cuerpo de sus seres queridos, sufren muchísimo. En este contexto de pandemia, a todos se nos revela un poco esa fragilidad y es difícil reenviarla al olvido.

En segundo lugar, hay otra cosa, íntimamente relacionada con lo anterior, que también se nos presenta en este contexto y que genera angustia: se trata de la incertidumbre. Sabemos muy poco respecto del virus. Pero lo peor no es que cada uno de nosotros no lo sepamos, eso es soportable si suponemos que hay otros que saben y que lo resolverán. Lo más angustiante es que parece ser que nadie sabe, que nadie puede prever lo que ocurrirá con el virus, y mucho menos prever las consecuencias sociales de éste (a nivel económico, por ejemplo).

Por eso, si tenemos en cuenta lo anterior, no hay que olvidarse que lo peor que se puede hacer en este contexto es dejarse arrastrar a las aguas profundas de la incertidumbre absoluta. Para evitar esto conviene tener cuidado con las noticias falsas, las fake news, que siempre terminan siendo contradictorias y catastróficas. En este sentido, la tecnología puede transformarse en una enemiga de la salud mental, si no la usamos adecuadamente. Conviene informarse por los medios oficiales y sin sobreinformarse. Esto quiere decir informarse para saber lo necesario y poder cuidarnos, pero sin estar pendiente las 24 horas del coronavirus. Asimismo, para evitar la incertidumbre total, hay que tener en cuenta que si bien muchas cosas no se saben sobre el virus y sus consecuencias, hay muchas otras que sí se saben, por ejemplo cómo cuidarnos.

Conviene también, en tiempos de aislamiento y de ruptura del orden normal de nuestras vidas, buscar actividades que nos distraigan y, sobre todo, sostenerse en aquellos a quienes queremos y que nos quieren. Si antes decía que el virus parece ser lo opuesto del amor por sus efectos, tal vez el amor sea una buena forma de enfrentarlo. En este otro sentido, la tecnología parece estar a nuestro favor: a muchos nos pasa que a pesar de estar lejos físicamente de aquellos a quienes queremos, estamos más cerca subjetivamente gracias a los celulares y las computadoras.

Está claro, sin embargo, que si bien se pueden decir estas cosas (y otras) respecto de la generalidad de la situación, no todos la vivimos de la misma manera. Cada uno le hace frente como puede de acuerdo a sus condiciones materiales (condiciones económicas y de trabajo, de vivienda, etc.) y a sus características de personalidad (más miedo o menos miedo, mas ansiedad o menos ansiedad, etc.). Para algunos será muy angustiante, para otros no tanto, y otros hasta le encontrarán el lado positivo al aislamiento. Para aquellos a quienes la situación se les vuelve insoportable, siempre está la posibilidad de consultar con un profesional; tanto los psicólogos como los psiquiatras estamos atendiendo por teléfono o por videollamada en estos tiempos.

 

Por otra parte, el coronavirus pone a prueba nuestra humanidad y nos pone a prueba como sociedad. Como toda situación extrema, deja ver las mayores virtudes y las peores bajezas del ser humano. Es así que vemos grandes actos de solidaridad y también actos de extremo egoísmo. A veces resulta increíble que una persona pueda salir en estos momentos a hacer actividades totalmente ridículas, como por ejemplo a cazar pokemones en el barrio de San Telmo. Respecto de estos últimos casos, hay una pregunta que se repite: ¿Cómo puede ser que haya gente que pudiendo cumplir la medida de aislamiento no la cumpla? Dejando de lado las situaciones particulares, creo que hay un problema general que siempre se presenta cuando se le pide a los ciudadanos que aporten un pequeño grano de arena al bien general, sacrificando algo de su beneficio personal. El problema es el siguiente: el aporte individual parece tan pequeño en relación al fin buscado, que muchos piensan que no vale la pena hacer ningún esfuerzo ya que su propio comportamiento es insignificante y no va a producir ningún cambio importante. Sin embargo, es fundamental que todos entendamos que ante esta pandemia, no hay otra solución más que aportar entre todos desde el lugar que nos toque; sin el “pequeño” aporte de todos no hay nadie que nos pueda salvar. Pensar el aislamiento de esta manera, como un aporte absolutamente fundamental e indispensable al bien de todos, puede hacerlo más soportable.

Por último, quiero cerrar con una pequeña reflexión. Por un lado, no me cabe duda de que vivimos en un mundo absolutamente injusto, con desigualdades enormes. Por otro lado, la rutina habitual de nuestras vidas, así como nos hace olvidar de la muerte, también nos aliena generándonos preocupaciones que parecen fundamentales pero que no lo son. Tal vez el coronavirus, como toda gran crisis, sea la oportunidad para hacernos algunas preguntas y replantearnos la vida; tal vez sea la oportunidad para replantearnos las prioridades de cada uno y las de la sociedad como un todo.

 

Agradecemos al Doctor Pablo González. Por estás palabras que nos envía para nuestra comunidad.

 

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